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sábado, 9 de abril de 2011

Amante Desencadenada, Prologo

Lover Unleashed

Prologo



1761. VIEJO CONTINENTE


Xcor vio a su padre asesinado cuando hacía cinco años que había pasado la transición.


Sucedió ante sus ojos y, a pesar de la proximidad, no pudo comprender qué ocurría.
La noche comenzó como cualquier otra, cayendo la oscuridad sobre un paisaje de bosque y cueva, arriba las nubes los ocultaba de la luz de la luna a él y a los que viajaban con él a caballo. Su grupo de soldados era de seis: Throe, Zypher, los tres primos y él mismo. Y luego estaba su padre.


El Sanguinario.




En otro tiempo miembro de la Hermandad de la Daga Negra.


Lo que iban a llevar a cabo en esa tarde era lo que les llamaba a servicio después de la caída del sol: buscaban lessers, esas armas sin alma del Omega que veía bien masacrar la raza de vampiros. Y los encontraban. A menudo.


Pero ellos siete no eran de la Hermandad.




En oposición a esa honra, eran un grupo secreto de guerreros. Esta banda de hijos de puta dirigida por el Sanguinario no eran nada más que soldados: no había ceremonias. No tenían la adoración de la población civil. Ni tradiciones ni elogios. Sus líneas de sangre podrían ser aristocráticas, pero cada uno de ellos había sido abandonado por sus familiares, por nacer con defectos o por ser engendrados fuera de una unión santificada.


Ellos nunca serían más que carne prescindible dentro de la guerra más grande para la supervivencia.


Todo eso era cierto, sin embargo, eran la élite de los soldados, la más cruel, el más fuerte de los hombros, esa que había elegido a través del tiempo el más duro capataz en la carrera: el padre de Xcor. Escogidos y elegidos sabiamente, estos machos eran letales contra el enemigo y no tenían códigos cuando se trataba de la sociedad de vampiros. Sin códigos a la hora de matar en este sentido: no importaba si la presa era un asesino, un humano, un animal o un wolfen. La sangre correría.


Habían hecho una promesa y sólo una: su padre sería su señor y no otro. Dónde él fuese, irían ellos y eso era todo. Así que era mucho más simple que la mierda elaborada de la Hermandad —incluso si Xcor hubiese sido candidato por línea de sangre, no hubiese tenido ningún interés en ser Hermano. No se interesaba por la gloria, ya que no dejaba una mancha en la dulce liberación del asesinato. Era mejor dejar esa tradición inútil y ese ritual caduco a esos que se negaban a blandir otra cosa que no fuera un puñal negro.


Él usaría cualquier arma que hubiese.
Y su padre también.


El clamor delos cascos se desaceleró y luego se desvaneció en el silencio mientras los luchadores salían del bosque y sobre un enclave de robles y matorrales. El humo de los hogares se mezclaba con la brisa, pero había otra cosa que confirmaba que habían encontrado la pequeña ciudad que habían estado buscando: en lo alto, en un acantilado irregular, un castillo fortificado se asentaba como un águila, sus cimientos como garras enterradas en la roca.


Humanos. Luchando entre sí.


Qué aburrido.


Y sin embargo había que respetar la construcción. Quizá si Xcor alguna vez se estableciese, masacraría la dinastía en él y tomaría la fortaleza. Era mucho más eficaz arrebatar que erigir.


—Al pueblo —ordenó su padre—. Que empiece la diversión.


La palabra clave es que había lessers en esto, las pálidas bestias se mezclaban y fusionaban con los aldeanos que labraban parcelas de tierra y plantaban casas de piedra bajo la sombra del castillo. Esto era típico en la estrategia de reclutamiento en la Sociedad: infiltrarse en un pueblo, hacerse cargo de los hombres uno por uno, masacrar o vender a las mujeres y niños, fugarse con las armas y los caballos y avanzar hacia el siguiente con mayor número.


Xcor pensaba como su enemigo en ese sentido: cuando terminaba la lucha, siempre cogía cualquier cosa que pudiese ser útil antes de salir hacia la siguiente batalla. Noche tras noche, el Sanguinario y sus soldados se abrían paso a través de lo que los humanos llamaban Inglaterra y, cuando llegaran a la punta del territorio escocés, darían la vuelta y se apresurarían de nuevo hacia bajo, hacia el sur, al sur, al sur hasta que el talón de Italia los obligase a girar. Y luego sería avanzar a través de muchos kilómetros otra vez. Y otra. Y otra vez.


—Dejemos nuestra provisiones aquí —señaló Xcor, apuntando un roble de tronco grueso que había caído sobre un arroyo.


Mientras la transferencia de los modestos suministros era hecha, no se escuchaba más que el sonido del crujido del cuerpo y el resoplido ocasional de los sementales. Cuando todo estuvo guardado bajo la falda del roble caído, volvieron a montar y reunieron sus caballos de pura raza –que eran la única cosa de valor, a parte de las armas, que poseían. Xcor no veía la utilidad en los objetos bellos o agradables –esos no eran más que un peso que tiraba de ti hacia abajo. ¿Un caballo fuerte y una daga bien equilibrada? No tenía precio.


Mientras los siete cabalgaban hacia el pueblo, no hicieron ningún esfuerzo para silenciar el golpeteo de los cascos de los corceles. No obstante, no hubo gritos. Tal era el gasto de energía que sus enemigos necesitaban una pequeña invitación para venir y saludarles.


Como bienvenida, uno o dos humanos echaron un vistazo afuera y luego rápidamente se encerraron de nuevo en sus moradas. Xcor los ignoró. En cambio, escaneó las enjutas casas de piedra, la plaza central y las fortificadas tiendas de comercio, buscando una forma bípeda tan pálida como un fantasma y tan apestosa como un cadáver cubierto de melaza.


Su padre se acercó a caballo y le sonrió con un filo de crueldad.


—Quizá después disfrutemos de los frutos de los jardines aquí.


—Quizá —murmuró Xcor mientras su caballo sacudía la cabeza. En verdad, no estaba muy interesado en llevarse a la cama a las hembras o en forzar a los machos a someterse, pero su padre no era alguien que se negase a los caprichos del ocio.


Usando señales de mano, Xcor dirigió a tres de su banda hacia la izquierda, donde había una pequeña estructura con una cruz encima del techo a dos aguas. Él y los demás fueron hacia la derecha. Su padre haría lo que quisiera. Como siempre.


Obligar a los sementales a seguir un paso normal era una tarea que desafiaba incluso al más valiente de los brazos, pero él estaba acostumbrado al tira-y-afloja y se sentó firmemente en la silla. Con un propósito sombrío, sus ojos penetraron las sombras producidas por la luz de la luna, buscando, indagando…


El grupo de asesinos que dio un paso desde el abrigo de la herrería tenía armas en abundancia.


—Cinco —gruñó Zypher—. Bendita sea esta noche.


—Tres —interrumpió Xcor—. Dos no son más que humanos todavía, aunque matar a ese par… será un placer también.


— ¿A quiénes tomarás tú, mi señor? —dijo su hermano-de-armas, con un respeto que se había ganado, no concedido como parte de algún derecho de nacimiento.


—A los humanos —dijo Xcor, desplazándose hacia delante y preparándose para el momento en que tuviese que darle en la cabeza a su semental—. Si hay otros lessers, eso servirá para que salgan más.


Espoleando a su gran bestia y fusionándose en la silla, sonrió mientras los lessers se mantenían firmes en sus cotas de malla y sus armamentos. Sin embargo, los dos humanos que había junto a ellos no iban a mantenerse firmes. Aunque el par estaba también equipado para la lucha, darían media vuelta y correrían al primer destello de colmillos, asustados como un grupo de caballos en una explosión de cañón.


Razón por la que giró bruscamente hacia la derecha no más de tres pasos al galope. Detrás de la cabaña del herrero, amarró las riendas y se lanzó sin caballo. Su semental era un perro salvaje, pero era obediente cuando se trataba de desmontar y esperar…


Una humana hembra salió de detrás de la puerta, su camisón blanco era un reflejo brillante en la oscuridad mientras ella trataba de encontrar equilibrio sobre el barro. En el instante en que lo vio, se quedó inmóvil por el terror.


Respuesta lógica: él doblaba su tamaño, sino lo triplicaba, y no vestía para dormir, como ella, sino para la guerra. Mientras ella se llevaba la mano a la garganta, él olió el aire y atrapó su olor. Mmm, quizá su padre tenía razón con eso de disfrutar el jardín…


Mientras pensaba en eso, dejó escapar un gruñido bajo que impulsó a los pies de la humana a salir corriendo y, al ver su huída, el depredador en él salió a la luz. Con una sed de sangre que se enroscaba en sus entrañas, se recordó que hacía cuestión de semanas que se había alimentado de un miembro de su especie y, aunque esta muchacha no era más que una humana, ella bien podría ser suficiente para esta noche.


Desafortunadamente, no había tiempo para diversión en este momento –aunque su padre seguramente la cogería después. Si Xcor necesitaba un poco de sangre para apañarse, conseguiría a ese mujer o a otra.


Dando la espalda a la huida de la humana, plantó los pies y desenvainó su arma preferida: aunque las dagas tenían su utilidad, él prefería la guadaña, de mango largo y con modificaciones para conseguir una funda que se atase a la espalda. Era un experto esgrimiendo el peso pesado y sonrió mientras trabajaba la hoja letal y curva en el viento, esperando jugar a la red con el par de peces que estaban preparados para nadar…


Ah, sí, que bueno era estar en lo cierto.


Justo después de una luz brillante y un sonido de explosión que estalló en la calle principal, los dos humanos vinieron gritando desde atrás de la herrería como si fuesen perseguidos por merodeadores.


Pero estaban equivocados, no lo eran. Sus merodeadores estaban esperando aquí.


Xcor no gritó ni les maldijo ni gruñó. Se lanzó a correr con la guadaña, el equilibrio del arma balanceándose equitativamente entre sus dos manos mientras sus poderos muslos acortaban la distancia. Una mirada hacia él y esos humanos se salían de las botas, moviendo los brazos para equilibrarse como si fuera el aleteo de las alas de los patos al aterrizar en el agua.


El tiempo se ralentizó mientras caía sobre ellos, su arma favorita moviéndose en un gran círculo y alcanzándolos al nivel del cuello.


Sus cabezas fueron separadas en un solo movimiento, limpiamente, esos rostros sorprendidos parpadeando y desapareciendo mientras lo que había sido liberado iba de la nariz a la frente, la sangre salpicando el pecho de Xcor. En ausencia de sus coronas craneales, las mitades inferiores de sus cuerpos cayeron al suelo en un curioso aterrizaje inanimado, en un amasijo de extremidades.


Ahora él gritó.


Volviéndose, Xcor plantó sus botas de cuero en el barro, tomó una bocanada de aire y se lanzó hacia abajo mientras trabajaba con su guadaña frente a él, el acero enrojecido tenía hambre de más. A pesar de que sus presas habían sido simples humanos, la ráfaga de la muerte era mejor que un orgasmo, la sensación que tenía después de tomar la vida y dejar los cuerpos atrás era como el aguamiel.


Silbando entre dientes, llamó a su semental, que se desbocó hacia él ante la orden. Un salto y estuvo sobre la silla, con la guadaña en alto en su mano derecha mientras se ocupaba de las riendas con la izquierda. Espoleando duro, lanzó a su corcel al galope, atravesando un camino estrecho y sucio, y surgió en el fragor de la batalla.


Sus compañeros hijos de puta estaban en plena lucha, el choque de las espadas y los gritos salpicaban la noche mientras el demonio conocía al enemigo. Y como Xcor había predicho, media doce más de lessers aparecieron montados sobre sementales de buena raza, leones enardecidos defendiendo su territorio.


Xcor cayó sobre la unidad de avance de los enemigos, asegurando las riendas en su empuñadura y blandiendo la guadaña mientras su semental corría hacia los otros caballos con los dientes al descubierto. Sangre negra y partes de cuerpo volaron mientras él troceaba a sus adversarios, su caballo y él trabajaban como si fuesen una sola unidad de ataque.


Mientras cogía a otro asesino con su acero y lo cortaba por la mitad a la altura del pecho, supo que esto era para lo que había nacido, para hacer el mejor uso de su tiempo en la tierra. Él era un asesino, no un defensor.


No luchaba por su raza… sino por sí mismo.


Aún era demasiado pronto, la bruma nocturna se arremolinaba alrededor de los lessers que caían retorciéndose en los charcos de su aceitosa sangre negra. Hubo pocas lesiones en su grupo. Throe tenía una herida en el hombro, producida en su carne por algún tipo de hoja. Y Zypher cojeaba, una mancha roja corría por la parte exterior de su pierna hasta cubrir la bota. No iba más lento ni se preocupaba en lo más mínimo.


Xcor detuvo su caballo, desmontó y enfundó la guadaña. Mientras sacaba su daga de acero y comenzaba su ronda de apuñalar asesinos, lamentó el proceso de enviar al enemigo de vuelta con su creador. Quería más lucha, no menos…


Un grito desgarrado lo obligó a volver la cabeza. La mujer humana con camisón estaba siendo derribada a las carreteras de tierra del pueblo, su pálido cuerpo acurrucado en un ovillo, como si tratara de esconderse. Apretando los talones, el padre de Xcor montaba a horcajadas su semental y cabalgaba con solidez, el enorme cuerpo del Sanguinario colgaba por los lados de la silla como si fuera a caerse de ella. En verdad, eso no tenía mucha importancia, mientras flaqueaba a la humana, la agarró con el brazo y la lanzó sobre su regazo.


No se detuvo, ni siquiera desaceleró después de la captura, pero sí hizo algo: con su semental a galope tendido y la humana sobre él, el padre de Xcor se las arregló para atacar su delgada garganta con los colmillos, bloqueando el cuello de la mujer como si fuera a abrazarla con los caninos.


Y ella habría muerto. Sin lugar a duda, ella habría muerto.


Si el Sanguinario no lo hubiese hecho primero.


De entre un remolino de niebla, una figura fantasmal apareció como si hubiese sido formada por los filamentos de humedad que flotaban en el aire. Y en el momento en que Xcor vio el espectro, entrecerró los ojos y se fijó en su nariz afilada.


Parecía ser una hembra. De su especie. Vestida con una túnica Blanca.


Y su olor le recordaba algo que no podría ubicar.


La hembra fue directamente hacia su padre, pero parecía completamente indiferente al caballo o al sádico guerrero que pronto llegaría hasta ella. No obstante, su padre parecía encantado con ella. En el instante que se fijó en ella, dejó caer a la mujer humana como si no fuera nada más que un hueso de cordero que ya había masticado.


Esto estaba mal, pensó Xcor. Verdaderamente, él era un macho de acción y poder, alguien que no se alejaba de un miembro del sexo débil… pero todo en su cuerpo le advertía de que esa entidad etérea era peligrosa. Mortal.


—¡Oy! ¡Padre! —gritó—. ¡Vuélvase!


Xcor silbó a su semental, que obedeció la orden. Desbocándose sobre la silla, hundió las espuelas en los flancos de su semental, lanzándose de cabeza para interceptar el camino de su padre, un extraño pánico lo azotaba.


Llegaba tarde. Su padre estaba esperando a la hembra, que poco a poco se había agachado.


Dioses, ella iba a saltar a…


En una carrera coordinada, ella se catapultó en el aire y cayó sobre la pierna de su padre, usándola como una especie de bóveda en el caballo. Luego, agarrándose al sólido pecho del Sanguinario, saltó a un lado y se llevó al macho tras ella con una fuerza que desafiaba tanto su sexo como su naturaleza fantasmal.


Así que no era fantasma, sino de carne y hueso.


Lo que significaba que podría ser asesinada.


Mientras Xcor se preparaba para dirigir su semental hacia ellos, la hembra dejó escapar un grito que no era nada femenino: estaba más en la línea de su propio grito de guerra, el bramido cortó los cascos que tronaban debajo de él y el sonido de su grupo de bastardos que se reunía para contrarrestar este ataque inesperado.


Sin embargo, no había necesidad inmediata de interceder.


Su padre, recuperándose del impacto de ser bajado de la silla, se puso bocarriba y desenvainó su espada, con una mueca en el rostro similar a la de un animal. Con una maldición, Xcor tiró de las riendas y detuvo el rescate porque seguramente su padre tomaría el control: el Sanguinario no era el tipo de macho que necesitaba ayuda –había derrotado a Xcor en el pasado, lecciones que habían sido difíciles de aprender y buenas de recordar.


Sin embargo, se apeó y se preparó en la periferia por si había más Valquirias de ese tipo en medio del bosque.


Razón por la cual la escuchó decir claramente un nombre.


—Vishous.


La rabia de su padre fue seguida por una confusión breve. Y antes de que pudiera reanudar su defensa, ella empezó a brillar con lo que seguramente era una luz profana.


—¡Padre! —gritó Xcor mientras corría hacia ellos.


Pero llegó demasiado tarde. Y el contacto se estableció.


Las llamas rodearon a su fuerte padre, su rostro barbudo, y envolvieron su forma corporal como si fuera heno seco. Y con la misma gracia con la que lo había hecho antes, la hembra saltó hacia atrás y lo miró mientras él se movía frenéticamente para apagar el fuego sin ningún resultado. En la noche, él gritaba mientras se quemaba vivo, la ropa de cuero no era ninguna protección para la piel y el músculo.


No había forma de acercarse lo suficiente a la llama y Xcor derrapó para detenerse, levantando el brazo frente a sí y manteniéndose a distancia del calor que era exponencialmente más caliente de lo que debería haber sido.


Al mismo tiempo, la hembra vigilaba el retorcimiento y las contracciones del cuerpo… la parpadeante luz naranja iluminó su bello y cruel rostro.


La perra estaba sonriendo.


Y fue entonces cuando ella levantó la cara hacia él. Xcor tuvo una visión apropiada de su rostro y en un primer momento se negó a creer lo que veía. Y, sin embargo, el resplandor de las llamas no decía ninguna mentira.


Estaba mirando una versión femenina del Sanguinario. El mismo pelo negro, la misma piel pálida y los mismos ojos claros. La misma estructura ósea. También, la misma luz de venganza en sus ojos casi violetas, que era una combinación de éxtasis y satisfacción por causar una muerte que Xcor conocía muy bien.


Ella se fue un momento más tarde, desapareciendo en la niebla de una manera que no era como sus desmaterializaciones, sino más bien en una ráfaga de humo, partiendo poco a poco.


Tan pronto como pudo, Xcor se acercó a su padre, pero no había nada que salvar… apenas nada para enterrar. Cayó de rodillas ante los humeantes huesos. Tuvo un momento de deplorable debilidad: las lágrimas brotaron de sus ojos. El Sanguinario había sido una bestia pero, como única descendencia masculina, Xcor y él habían estado cerca… De hecho, se habían llevado bien.


—Por todo lo que es santo… —dijo Zypher roncamente—. ¿Qué ha sido eso?


Xcor parpadeó con fuerza antes de mirarlo por encima del hombro.


—Ella lo ha matado.


—Sí. Y mucho más que eso.


Mientras el grupo de bastardos se acercaba a él, uno a uno, Xcor tuvo que pensar en qué decir, en qué hacer.


Rígidamente se levantó, quería llamar a su semental, pero sentía la boca demasiado seca para silbar. Su padre… estaba muerto. Muerto. Y todo había sucedido tan rápido, demasiado rápido.


Por una hembra.


Su padre, desaparecido.


Cuando pudo, miró a cada uno de los hombres que tenía frente a sí, dos de ellos a caballo, dos a pie y uno a su derecha.


Con el peso de la decisión sobre los hombros, sabía que cualquier cosa que el destino les deparase, sería determinada por lo que él hiciese en este momento, aquí y ahora.


No se había preparado para esto, pero el no se alejaría de lo que debía hacer.


—Escuchad esto porque lo diré sólo una vez. Nadie debe decir nada. Mi padre murió en la batalla contra el enemigo. Lo incineré para rendirle homenaje y mantenerlo conmigo. Jurádmelo ahora.


Los hijos de puta con los que había vivido y luchado juraron y, después de que sus profundas voces se alejaran en la noche, Xcor se inclinó y pasó sus dedos por las cenizas.


Alzando las manos hacia su cara, se marcó con el hollín desde las mejillas hasta las venas gruesas que corrían a ambos lados de su cuello… y luego palmeó el duro y huesudo cráneo que era todo lo que le quedaba de su padre. Sosteniendo los restos humeantes y carbonizados en alto, reclamó a los soldados que estaban ante sí como suyos.


—Yo soy vuestro único señor ahora. Uníos a mí en este momento o convertíos en mi enemigo. ¿Qué tenéis que decir?


No hubo ni una sola vacilación. Los machos se pusieron de rodillas, sacando sus dagas, y estallaron en un grito de guerra antes de enterrar las hojas en la tierra a sus pies.


Xcor miró sus cabezas inclinadas y sintió un manto cayendo sobre sus hombros.


El Sanguinario estaba muerto. Ya no vivía, él era una leyenda a partir de esta noche.


Y como era justo y correcto, el hijo ahora tomaba el lugar del padre, al mando de esos soldados que no servirían a Wrath, el rey que no debía gobernar, ni a la Hermandad, que no merecía que se rebajasen a ese nivel… sino a Xcor y sólo a Xcor.


—Iremos en la dirección de donde vino la mujer —anunció—. La encontraremos, aunque nos lleve siglos, y pagará por lo que ha hecho esta noche —Xcor silbó fuerte y claro a su caballo—. La liquidaré yo mismo por esta muerte.


Saltando sobre su caballo, recogió las riendas y espoleó a la gran bestia hacia la noche, su grupo de bastardos le pisaba los talones, preparados para ir a la muerte por él.


Mientras salían del pueblo ruidosamente, guardó el cráneo de su padre dentro de su camisa de cuero de batalla, sobre el corazón.


La venganza sería suya. Incluso si eso lo mataba.


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A.D.