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sábado, 9 de abril de 2011

Amante desencadenada , Capitulo 1

Capítulo 1


ACTUALIDAD, HIPÓDROMO DEL ACUEDUCTO, QUEENS, NUEVA YORK

—Quiero chupártela.

El Dr. Manny Manello giró la cabeza hacia la derecha y miró a la mujer que le había hablado. No era ni de cerca la primera vez que había oído esa combinación de palabras, y la boca de la que habían salido tenía suficiente silicona como para ofrecer un buen acolchado. Aún así era una sorpresa.

Candace Hanson le sonrió y se ajustó su sombrero Jackie O con una mano que tenía la manicura hecha. Aparentemente, había decidido que la combinación entre elegante y picante era atrayente... y quizás lo era para algunos tipos.

Diablos, en otro momento de su vida, probablemente hubiera aceptado, basándose en la teoría ¿y—por—qué—coño—no? ¿Ahora? Archiva eso en ni—de—coña.

Impertérrita ante su falta de entusiasmo, se inclinó hacia adelante, dándole un vistazo de un set de pechos que no desafiaban la gravedad tanto como la ridiculizaban, insultaban a su madre y se meaban en sus zapatos.

—Sé dónde podríamos ir.

Él apostaba a que lo sabía.

—La carrera está a punto de empezar.

Ella hizo un pucherito, o quizás era simplemente la manera en sus labios post—inyección sobresalían. Dios, probablemente hace una década tenía un rostro fresco; ahora los años iban añadiéndole una pátina de desesperación... junto con el proceso natural de envejecimiento ligado a las arrugas contra el que, claramente, luchaba como una boxeadora.

—Luego, entonces.

Manny se dio la vuelta sin responder, preguntándose cómo se había colado en las plazas de la sección de propietarios. Debió haber sido en el apuro al volver aquí tras ensillar a los caballos en el cercado... y sin duda estaba acostumbrada a meterse en lugares donde no le estaba permitido estar: Candance era uno de esas tipas sociales de Manhattan que estaba a un mero chulo de distancia de ser una prostituta y, en muchos sentidos, era como cualquier otra wasp[1]... ignora la molestia y esta irá a parar a cualquier otro lado.

O en cualquier otra persona, en este caso.

Levantando el brazo para evitar que se acercara más, Manny se inclinó sobre la baranda de su plaza y esperó a que trajeran a su chica a la pista. Estaba posicionada en el exterior, eso estaba bien: ella prefería no estar con la manada y nunca le había molestado correr una pequeña distancia extra.

El Acueducto, en Queens, Nueva York, no tenía el prestigio de Belmont o Pimlico, o el de la venerable madre de todos los hipódromos, Churchill Downs. Sin embargo, tampoco era mierda de perro. Las utilidades tenían una pista de unos 2,8 km, así como un césped y un recorrido corto. La capacidad total era de unas 90.000 personas. La comida era buena, pero nadie iba allí a comer realmente, y a veces había algunas carreras importantes, como la de hoy: The Wood Memorial Stakes con un fondo de 75.000 dólares, tenía lugar en abril, era una buena cota de referencia para los competidores de la Triple Crown...

Oh, sí. Ahí estaba su chica.

Mientras los ojos de Manny se clavaban en Gloria-Gloria-Aleluya, el sonido de la multitud, la brillante luz del día y la inquieta formación de los otros caballos parecieron desaparecer.

Todo lo que veía era su magnífica potra negra, su pelaje resplandeciendo bajo sol, sus patas súper—esbeltas flexionándose, sus delicados cascos alzándose y volviendo a bajar en la tierra de la pista. Con sus cerca 1,72 m de altura, el jockey era un minúsculo bicho enroscado en su lomo, y esa diferencia de tamaño era representativo también de la división de poder entre ellos. Ella lo había dejado claro desde su primer día de entrenamiento: puede que tolerara a los pequeños y molestos humanos, pero solo durante la cabalgata. Ella estaba al mando.

Su temperamento dominante ya le había costado dos entrenadores ¿Y el tercero con el que estaban ahora? El tipo parecía un poco frustrado, pero eso solo era su sentido del control siendo pisoteado hasta la muerte. Los tiempos de Gloria eran sobresalientes... simplemente ninguno de ellos tenía que ver con él.

Y a Manny no le importaban en absoluto los inflados egos de los hombres que vivían de trabajar con caballos. Su chica era una luchadora y sabía lo que hacía, él no tenía ningún problema en dejarla hacer y observar mientras enterraba a la competencia.

Con sus ojos fijos en ella, record al cabrón al que se la había comprador hacía algo más de un año. Esos veinte de los grandes habían sido una ganga, dada su crianza, pero también fueron una fortuna teniendo en cuenta su temperamento y el hecho de que no había estado claro si obtendría permiso para correr. Había sido una potra de dos años rebelde, al borde de quedarse en el banquillo... o peor, ser convertida en comida para perros.

Pero él había tenido razón. Si tan solo le dabas rienda suelta para que mandara, era espectacular.

Cuando la alineación se acercó a las puertas, algunos de los caballos empezaron a darle pequeños golpes, pero su chica estaba quieta como una roca, como si supera que no tenía sentido gastar su energía en esa mierda preliminar.

A él realmente le gustaban sus posibilidades a pesar de su posición en la parrilla de salida, el jockey en su lomo era toda una estrella: sabía exactamente cómo manejarla, y desde ese punto de vista, él era más responsable de su éxito que los entrenadores. Su filosofía con ella consistía en asegurarse de que viera todas las mejores rutas para mantenerse alejada de la manada y dejarla escoger por dónde ir.

Manny se puso de pie y se agarró a la balaustrada frente a él, sumándose a la multitud mientras se alzaba y sacaba incontables binoculares. Cuando su corazón comenzó a latir con fuerza, se alegró, porque últimamente, descontando el gimnasio, había estado en encefalograma plano. La vida había arrastrado un terrible sentimiento de insensibilidad con ella en el último año, y quizás eso era parte de la razón por la que su potra era tan importante para él.

A lo mejor ella era todo lo que tenía.

Ni de coña iba a pensar en eso.

En la puerta era todo cuestión de venga, venga, venga: cuando intentabas encajar quince caballos sobre—excitados con patas como palos y glándulas que segregaban adrenalina como howitzers[2] en pequeñas jaulas de metal, no perdías tiempo.

En cosa de un minute, la pista estaba cerrada y las cámaras se apresuraban a las barandas.

Latido.

Campana.

¡Bang!

Las puertas se abrieron y la multitud rugió mientras los caballos se precipitaban hacia adelante como si hubieran salido de cañones. Las condiciones eran perfectas. Seco. Fresco. La pista era rápida. No era como si a su chica le importara. Correría sobre arenas movedizas si tuviera que hacerlo.

Los purasangres pasaron a toda velocidad por delante de ellos, el sonido de sus cascos y la poderosa voz del comentarista modelando la energía en el sitio hasta tonos de éxtasis.

Manny se mantuvo en calma, manteniendo sus manos agarradas con firmeza a la baranda frente a él y sus ojos en la pista mientras la manada giraba la primera esquina en un apretado grupo de lomos y colas.

La pantalla gigante le mostraba todo lo que necesitaba ver. Su potra estaba la penúltima, prácticamente galopando mientras el resto de ellos iban a toda velocidad...infierno, su cuello no estaba ni siquiera extendido por complete. Sin embargo, su jockey estaba hacienda su trabajo, alejándola de la baranda, dándole la oportunidad de correr por el lado más alejado de la manada o pasando entre ellos cuando estuviera preparada.

Manny sabía exactamente que iba a hacer. Iba a abrirse paso a la fuerza entre ellos como una bala destructora.

Ese era su estilo.

Y desde luego, cuando enfilaron la recta final, empezó a darle caña.

Bajó la cabeza, estiró el cuello y empezó a alargar la zancada.

—De puta madre —murmuró Manny—. Puedes hacerlo, nena.

Mientras Gloria penetraba en la atestada pista se convirtió en un relámpago cortando a través de los demás corredores, su arranque de velocidad tan poderoso que estabas totalmente seguro de que lo había hecho a propósito: no era suficiente para machacarlos a todos, pero tenía que hacerlo en los últimos 800 metros, volando de golpe las silla de los bastardos en el último momento posible.

Manny rio desde lo profundo de su garganta. Era exactamente su tipo de chica.

—Cristo, Manello, mírala.

Manny asintió sin mirar al tipo que le había hablado al oído porque en ese momento un cambio de juego estaba desarrollándose: el potro que iba a la cabeza perdió inercia, quedándose atrás mientras sus patas se quedaban sin combustible, su jockey lo fustigó en los cuartos traseros... lo que tuvo el mismo éxito que putear a un coche que se ha quedado sin gasolina. El potro en el segundo lugar, un gran castaño con mala actitud y una zancada tan larga como un campo de fútbol, tomó ventaja de la pérdida de velocidad inmediatamente.

El par se pusieron cuello con cuello durante sólo unos segundos antes de que el castaño tomara control de la carrera. Pero no iba a durar mucho. La chica de Manny escogió ese momento para colarse entre tres caballos y pegarse a su culo más cerca que una pegatina.

Seh, Gloria estaba en su elemento, las orejas pegadas a la cabeza, los dientes al descubierto.

Iba a comerse su puto almuerzo. Y era imposible no extrapolarse al primer sábado en Mayo y al Kentucky Derby...

Todo sucedió tan rápido.

Todo terminó... en un parpadeo.

En un deliberado golpe, el caballo se empotró contra Gloria, el brutal impacto mandándola contra la baranda. Su chica era grande y fuerte pero no era rival para un body check[3] como ese, no cuando iba a 17 km /h.

Por un momento, Manny pensó que se recuperaría. A pesar de estar doblando a toda velocidad, luchó por levantarse, él esperaba que ella encontrara el paso de nuevo y le enseñara al una buena lección de modales al rebelde bastardo.

Excepto que se cayó. Justo en frente de los tres caballos ha los que había adelantado.

La carnicería fue inmediata, los caballos girando ampliamente para evitar el obstáculo en su camino, los jockeys intentando romper la inercia de las vuelta con la esperanza de conseguir mantenerse en sus monturas.

Todos lo consiguieron. Excepto Gloria.

Mientras la multitud daba un grito ahogado, Manny se precipitó hacia adelante, pasando los límites de su plaza y saltando por encima de gente, sillas y barricadas hasta que llegó a la propia pista.

Corrió hacia ella, los años de atletismo llevándolo a toda velocidad hacia la desoladora imagen.

Ella estaba intentando levantarse. Bendito fuera su gran, fiero corazón, estaba luchando por ponerse de pie, sus ojos fijos en el resto de la manada, como si no le importara una mierda haberse hecho daño; solo pensando alcanzar a los que la habían dejado en el polvo.

Trágicamente, su pata delantera tenía otros planes para ella: mientras peleaba, la delantera derecha giro extrañamente bajo la rodilla y Manny no necesitó todos sus años como cirujano ortopédico para saber que ella tenía problemas.

Graves problemas.

Mientras llegaba a ella, su jockey estaba llorando.

—Dr. Manello, lo intenté... Oh, Dios...

Manny resbaló en la tierra y se lanzó por las riendas mientras los veterinarios llegaban y una pantalla era colocada alrededor de la dramática escena.

Mientras tres hombres aparecían, sus ojos empezaron a volverse salvajes por el dolor y la confusión. Manny hizo lo que pudo para calmarla, permitiéndole mover la cabeza tanto como quisiera mientras le acariciaba el cuello. Y finalmente se tranquilizó cuando le inyectaron un tranquilizante.

El veterinario jefe le echó un vistazo y sacudió la cabeza. Lo que en el mundo de las carreras era el lenguaje universal para: necesita ser sacrificada.

Manny se pegó al careto del tipo:

—Ni se te ocurra. Estabiliza la fractura y llévala a Tricounty  ahora mismo ¿Está claro?

—Nunca más volverá a correr...esto parece una multi...

—Saca mi jodido caballo de esta pista y llévala a Tricounty...

—Ella no vale la pena...

Manny agarró al tipo violentamente por su bata y arrastró al Sr. Solución Fácil hasta que quedaron nariz contra nariz.

—Hazlo. Ahora.

Hubo un pequeño momento de incomprensión, como si ser maltratado fuera algo nuevo para el pequeño malcriado. Y para que los dos estuvieran totalmente de acuerdo, gruño.

—No voy a perderla... pero estoy más que dispuesto a disponer de ti. Aquí. Ahora.

El veterinario se encogió, como si supiera que estaba en peligro de que le endiñaran una buena.

—Vale...vale.

Manny no estaba dispuesto a perder su caballo. Durante los últimos doce meses, él había lamentado la pérdida de la única mujer que le importaba, se había planteado su cordura, y había empezado a beber escocés aunque siempre había odiado esa mierda.

Si Gloria la palmaba ahora...no le quedaba mucho más en la vida, ¿no?


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