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Gwen, Alex y yo se lo agradecemos de Corazón. A.D.

domingo, 27 de marzo de 2011

El club del ataúd



Capítulo 8



Di un paso hacia adelante sin saber muy bien porqué.
Sentí a Ana gritar tras de mí, su mano derecha sujeto mi antebrazo como para evitar que me fuera de nuevo. Pero estaba demasiado shockeada con ese tipo de cara blanca labios azules que me miraba atentamente.
-          Buenas noches – dijo el rubio dando un paso hacia adelante con una enorme bota militar. Inmediatamente, cuatro sombras salieron del cementerio vestidas con capuchas que ocultaban sus cabezas. Le lancé una rápida mirada a Ana que se colocó a mi lado y que sea veía tan consternada como yo. Pero ella no los reconocía.
Ella no sabe que él es una amenaza verdadera, mi madre tampoco sabía y terminó muerta. Podría postergar mi enfado con Anabela por un momento, por lo menos mientras nos enfrentáramos a ellos.
El rubio y su sequito se movieron hasta quedar a solo un metro de distancia de nosotras. Sentí como si de pronto mis pies estuvieran cementados al suelo. Me obligué a no temblar como una hoja porque ¡Oh Dios mío! Como asustaban esos bastardos y era lo mismo que con papá. Estar asustado solo empeoraba las cosas
-          Las estábamos esperando –
El chico sonrió aún más si es que eso era posible. Su rostro hermoso de ángel caído se deformó por esa mueca, dándole una apariencia endemoniada. Enfrenté esa mirada azul lo mejor que pude y no cedí, a pesar de que la frialdad de sus iris me congelaba el alma
-          Por qué – pregunté porque fue lo único que se me ocurrió responder.
A mi lado, Ana balbuceo algo como “cállate” y apretón de hombros nervioso.
-          Porque tengo que contarte una cosa – dijo el rubio. Su mirada cambió de amable a sospechosa - Pero no aquí. En privado –
Hizo unas seña y su sequito camino hacia nosotras, rodeándonos, Ana dijo algo, pero no la oí absorbida por los posos de hielo del rubio. El tipo se cruzó de brazos continuando con la competencia de miraditas, Después de un rato, el alzó las cejas y desvió la mirada pero solo para bostezar.
Dos pares de brazos me alcanzaron y me empujaron hacia adelante, aunque no demasiado brusco. El chico rubio se puso adelante y comenzó a caminar con las manos en los bolsillos, ignorante de todas las cabezas que se daban vuelta a su paso.
De alguna manera sabía que no nos harían daño mientras cooperáramos. Era más fácil para ellos ser malos si nosotras intentábamos escapar y dudaba que alguno de los tipos que miraba nuestro “secuestro” hiciera algo por ayudarnos si es que íbamos contra los deseos de estos tipos. Torcimos que no recordaba, por lo que supuse que nos alejábamos de Los ojos del cuervo. Luego fue lo mismo por otra y por otra hasta que no supe cuantas vueltas habíamos dado.
El silencio se mantuvo todo el camino a excepción de un silbido despreocupado del rubio que me irritó hasta la medula ¿Club del ataúd? ¿Quiénes se creían esos tontos?
“¿La razón por la que mataron a tu madre?” sugirió la bruja poniendo los ojos en blanco.
La última vez que doblamos, supe que habíamos llegado. La mayoría de las farolas estaban quemadas, había un montón de casas abandonadas con las ventanas rotas y la hierba crecida. Algunas otras tenían gente y se mantenían mejor cuidadas con grandes terrazas pintadas de blanco y tintes Victorianos en su arquitectura.
Nos detuvimos en la última casa del pasaje.
Era blanca pero parecía a punto de caerse a pedazos. Básicamente se reducía a un montón de tablas medio torcidas por el tiempo y una capa de pintura descascarada. Era grande y tenía una pequeña reja de madera,que hace tiempo debió ser de un verde musgo pero que ahora parecía café con pintas verdes que demarcaba el inicio del terreno.
Entramos deslizándonos por un pequeño camino de grava que conectaba la acera con la puerta. Alrededor el pasto seco me llegaba más o menos a la cintura y cubría todo el jardín hasta donde mi vista alcanzaba a divisar. Los Freaks se quedaron a nuestra espalda mientras el rubio se adelantaba y abría la puerta hacia un malditamente profundo abismo negro.
¿Por qué no corrí cuando tuve la oportunidad? ¡An me hubiese seguido!
Cuando subimos los escalones el frio recorrió mi columna como si acabara de cambiar de clima, tuve que contener un estremecimiento. Vi a mi mejor amiga tensarse también pero ella no entendía. Ellos eran realmente peligrosos, estábamos a punto de entrar al agujero de los tiburones ¡me lo decía mi instinto!
-          El miedo, niña, es una debilidad – soltó el chico de ojos azules cruzándose de brazos mirando a Anabela
-          No me digas cobarde “tipo rudo” –
Ana se adelantó con todo y su cabello rosado metiéndose dentro de la casa antes de que pudiera detenerla. El chico raro soltó una carcajada media siniestra y me miro con las cejas alzadas esperando…
Abrió la boca para decir algo pero pareció pensárselo mejor y la cerró.
-          Ok… - murmuré
Me metí en medio de la oscuridad antes de que mi sentido común me tirara de regreso a la calles. Dentro, no había nada más que negrura y negrura extendiéndose por todas partes. Mis ojos no podían distinguir nada los primeros diez segundos, pero entonces divise cosas como siluetas sentadas, escuche susurros yvi el brillo de dientes descubiertos por sonrisas.
Uh, uh.
-          Alex… - sentí a Ana a mi lado tomando mi mano y apretándola con nerviosismo que yo compartía plenamente
Volví la cabeza y vi a los chicos extraños entrando de uno en uno y cerrando la puerta tras de sí. Cuando los cerrojos y cadenas cayeron en su lugar. La luz fue encendida proveniente de lámparas de gas.
Contuve un grito de sorpresa cuando vi los lívidos rostros mirándonoscon los labios pintados de colores extraños, dispersos por toda la sala. Había bolsas de patatas, sodas, sacos de dormir, todo repartido por el suelo, y muchos tipos hablando animadamente en voz baja. Todos eran extraños, demasiado pálidos, demasiado alegres y demasiado aterradores para mi gusto.
-          Oh, que me jodan, esto da miedo –
Ana me arrastró hacia una pared poniendo nuestras espaldas a cubierto. Hizo una mueca de disgusto pero sus ojos brillaban de miedo. Ambas dimos un salto cuando el tío-raro-líder del se puso frente anosotras con otra de sus raras sonrisas en el rostro.
-          Tú, Ana Harvers esperaras pacientemente con los míos hasta que vuelva por ti. Tú iras con migo Alex– El chico me apunto con un largo dedo elegante. Inmediatamente alguien empujo a Ana hacia otro lado a pesar de sus maldiciones y de mi pánico.
El freak me miró a los ojos y esbozó un “sígueme” con sus labios azules.
Le seguí porque no sabía que otra cosa hacer, además, él había llamado a Ana por su “supuesto” nombre, lo que ya era bastante aterrador. A través de todos los cuerpos y rostros de adolecentes zombi pude distinguir el cabello rosa de An perdiéndose en un grupo de góticos. Tragué grueso mientras seguía las pisadas del rubio hacia una puerta vieja como matusalén que chirrió cuando la apartamos para entrar en… una cocina.
-          Siéntate – ordenó el rubio señalando una silla de una mesa pequeña.
Le obedecí.
Esto no era lo que imaginaba como una cocina aunque aparentemente sí se usaba como tal. El lavaplatos estaba lleno hasta el tope, la cocina soportando ollas chorreantes, las ventanas tapeadas con tablas pudriéndose y las pintura amarilla descascarándose dejando ver pedazos en donde los hongos se habían instalado.
-          Soy Liam – Dijo el chico atrayendo mi mirada hacia él, apoyado contra un mueble cocina corroído por la humedad con una lata de coca light en la mano.
Tendría unos diecinueve años, Veinte como mucho. “La misma edad que Crow” pensé con una punzada de dolor en el pecho ¿Él se habría dado cuenta de nuestra ausencia? ¿o solo se preocupaba por Anabela?
-          ¿Tu quién eres? – preguntó Liam sacándome del dolor,
Alcé las cejas
-          Soy Alex… AlexDaae – mentí. casi había dicho Alexis, pero tenía que acostumbrarme  a la nueva identidad, por mi propia seguridad – Tengo dieciocho –
-          Pues no pareces de dieciocho, Alex –  me lanzó una mirada divertida desde arriba de su soda – Se quién eres. Eres La hija de Rosses, Alexis Rosses.  Te escapaste de casa, rescataste a tu mejor amiga, robaste la caja fuerte… - Tragó coca -  Eres una chica desesperada. Lo entiendo –
Vi como ponía la lata sobre el mueble y cruzaba los brazos sobre su pecho taladrándome con su mirada helada. ¿Cómo demonios sabía todo eso?
-          ¿Qué quieres, Liam?-
El torció los labios sonriendo involuntariamente.
-          Yo nada… aún – contestó encogiéndose de hombros – Pero tú nos necesitaras…  tanto como necesitas respuestas ahora - dudo un poco – o nosotros a ti… tal vez… -Cerró la boca bruscamente como si alguien invisible lo hubiese cortado, luego recomenzó – No importa. Cuando llegué el momento, tienes que saber que nuestros servicios son costosos y no estoy hablando de dinero niña, habló de cosas que trascienden más allá de la vida–
-          ¿Servicios de quienes?. Yo solo veo a un tío medio loco, que acaba de secuestrarme a mí y mi mejor amigay que en ahora parado frente  a mi hablando cosas… que… que no van a ocurrir –
Él se irguió en su lugar plantando una mano con fuerza mientras su cabeza vacilaba un poco.
-          Pasará… - musitó moviendo los labios débilmente
-          No, no la hará –
Liam se debilitó donde estaba, casi pierde el equilibrio. Cerró los ojos y jeadeó sujetándose la cabeza como si algo malo le sucediera allí. Me acerqué un paso pero el gruñó en advertencia.
-          ¡No sabes lo que ha sido pactado! – gritó de pronto.
Aprovechando el momento, me giré hacia la salida y en un dos por tres estaba otra vez en esa sala llena de góticos. Alguien había puesto música, y los gritos del cantante cortaban como cuchillos. Una parte de mi quería volver con Liam, ver si estaba bien, y pedir… esas respuestas que él había mencionado. ¡Joder! Tendría que haber preguntado...
La otra parte de mí, la cobarde y la que quería mantenerme en una pieza quería agarrar a Anabela de alguna parte y arrastrarla lejos donde no pudieran encontrarlos.
Las caras blancas se volvieron.
La mano de alguien empujó hacia adelante
-          Ustedes Van arriba. No pertenecen al Club –
Liam estaba justo detrás mirándome con sus grandes ojos azules hostiles. Su voz era afilada como cuchillos y la mano que presionaba mi espalda era rígida. Un gótico apareció de la nada tomando mis hombros y vi a Ana ser empujada en dirección a las escaleras por una chica. También me empujaron hacia allí y capte la preocupada mirada de An en dirección a la puerta de la cocina.
“Estoy Bien” articulé agarrando su mano y apretándola fuerte cuando por fin estuvimos juntas.
-          ¡Quiero ir a casa! – dije, pero nadie me tomó en cuenta.
Ana fue empujada hacia adelante y tuvo que poner obligadamente el pie en el primer escalón que crujió bajo su peso. Ella hizo una mueca mirando la vieja escalera de madera que parecía una trampa mortal esperando por nosotras.
-          ¿Esto es seguro? – preguntó con hilo de voz subiendo otro peldaño
La chica que le sostenía rio un poco incitándola a dar otro paso.
-          Tan seguro como haber venido aquí en primer lugar ¿No es eso reconfortante? –
Oh, claro pensé siguiendo a Ana hacia arriba. Por suerte para ambas, la escalera no se vino abajo en ningún momento. En la segunda planta había cuatro puertas bien cerradas de color gris con X pintadas doradas en la mitad superior. La curiosidad me pico pero me resistí.
La curiosidad mató al gato, me reproché. Odiando el pensamiento.
Había otro tramo de escaleras esperándonos medio escondido en la oscuridad.La madera crujía, protestaba y gemía mientras subíamos a lo que supuse seria el  “ático” que resultó demasiado grande para serlo. Era un corredor con el suelo de madera iluminado débilmente por un par de lámparas de gas ubicadas una frente a la otra. Las puertas estaban cerradas, todas excepto la primera en la que se oía ruidos de personas y el brillo tenue de una vela iluminaba el interior.
Mierda.
-          Dime que no son ataúdes – gemí volviéndome hacia mi escolta con ojos suplicantes. Él sonrió, la misma extraña sonrisa que tenían todos los tipos de aquí.
-          No hay cuerpos dentro por si te sirve de consuelo. No que estén muertos por lo menos… oh, uh… la mayoría –
Me empujo otra vez y tuve que desplazar mis náuseas y la oleada de preguntas y exclamaciones como ¡Qué! ¿Estás hablando en serio? todoa un segundo plano para no caerme por el oscuro corredor de puro terror. ¡Ataudes en una casa! Mi estómago se reveló contra los tallarines del almuerzo.
Pensé sinceramente que nos meterían a una de las habitaciones u nos encerrarían en las urnas pero, error,  al final del pasillo, en donde yo creía que había un sólido muro negro…habían más escaleras decrépitas.
-          Ana recuérdame cómo demonios terminamos metidas aquí – dije nerviosa
Ella soltó un gemido
-          Tres palabras, Alex. Nuestros.Jodidos.Progenitores –
Esta vez subimos las escaleras con más confianza porque ya habíamos comprobado que no se caerían por nuestro peso. Ana y la chica gótica iban adelante y fueron las primeras en meterse tras una trampilla de madera.
“este si es el ático” pensé, siguiendo a las chicas hacia un cuarto oscuro, aterrador, antiguo y viejo, que olía a polvo y tiempo. Había una sola ventanilla circular, pequeña en el centro de la pared frente a la entrada, algunas lámparas de electricidad en las paredes, una puerta que decía “baño” en letras doradas y tres camarotes apoyados en los muros.
-          Aquí dormirán, no se preocupen, nadie les hará daño –
La gótica nos miró con ojos de “madre” entonces, repentinamente, cerró los parpadoscon fuerza y gimió tambaleándose ligeramente como antes había ocurrido con Liam. El chico gótico fue tras ella antes de que se callera al suelo  y comenzó a susurrarle palabras en un idioma que no conocía. Nos miró con preocupación mordisqueándose el labio inferior un segundo antes de dar un grito, salir corriendo y arreglárselas para dejar la puerta cerrada en el proceso.
Ana y yo nos miramos. Luego a las paredes oscuras decoradas con cuadros abstractos, cruces de madera clavadas al muro y otras cosas que no sabía que eran.
¿En qué lio nos habíamos metido?


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A.D.