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Gwen, Alex y yo se lo agradecemos de Corazón. A.D.

domingo, 27 de marzo de 2011

El club del ataúd

Capítulo 2


Jueves 19 de Noviembre

-      ¿Estás bien? – Anabela preguntó como siempre con, su voz protectora. La conocía hace unos cinco meses tal vez y se había convertido en mi mejor amiga, a quien podía confiar todos mis secretos por más jodidos que parecieran.
Sin embargo esa simple pregunta, siempre conseguía una mentira.
-      Claro que sí ¿y tú? - 
El silencio al otro lado de la línea se alargó más de la cuenta lo que dejó bien claro que ella no creía una mierda de mis palabras, pero ¿Qué iba a preguntar? Anabela ya sabía lo que me hacia sentir tan miserable así que no era como si importara mi mentira.
-      Bien… - respondió dejando la palabra colgando en el aire. No, ella tampoco estaba bien.
-      ¿Qué…? –
-      Si tú no preguntas, yo tampoco lo haré. Es una buena propuesta, no te conviene rechazarla Alex –
Ahora era mi turno de guardar silencio. “Demasiadas preguntas sin respuestas” dijo la bruja de mi cabeza pinchando ese gran globo demasiado inlfado que había en mi vida y wow, tenia demasiada razón pero en algún punto entre la muerte de mi madre y mi inevitable confinamiento en la habitación mi valoración por la razón se había perdido.
-      Como sea. Tengo que estudiar para el examen. Hablamos más tarde An –
-      Okey. Yo te llamo. Cuídate –
El “tu igual” se me quedó en la garganta como el monton de lagrimas y sollozos que me tragué a la fuerza. La canción cambió desde el reproductor, más violin mesclado con piano en una pieza titulada ‘La escalera de la decepcion’ excrito y compuesto por mi madre. Perfecto, pensé deslizándome de la cama al suelo donde el maldito libro de foliosofia me esperaba con todas sus paguinas y libertad de pensamiento. Me mordisquié el labio inferior antes de omenzar otra vez con la lectura, desde el principio
“La muerte
Sabater nos empieza contando la primera vez que comprendió que tenía que morir, cuando tenía 10 años. A las once de la noche se levantó sobresaltado y se dio cuenta de que iba a morir. Todos iban a morir, pero las muertes de los demás no serían nada comparadas con su muerte.
Los griegos establecían una clasificación para considerar algo o alguien mortal. Las plantas y animales no lo son, porque no saben que van a morir. Por lo tanto no es mortal quien muere sino quien está seguro de que va a morir.
Los auténticos vivientes somos los humanos porque sabemos que dejaremos de vivir y en eso consiste la vida. Algunos dicen que los dioses son inmortales, pero no se dice que están vivos…”
Solté un gruñido bajo cerrando con un golpe brusco el grueso tomo forrado en cuero. La muerte no era un tema que quisiera tratar, no hoy justo cuando se cumplían tres meses desde la muerte/homicidio de mi madre. Ni ningún otro día. Lancé el libro sobre la cama, harta de toda la mierda de la escuela con sus responsabilidades, exámenes yapariencias… Tenía suficientes preocupaciones dentro de mi cráneo y no las solucionaría leyendo las divagaciones de un tipo que tenía un nombre que jamás había oído. Eso se llama perdida de tiempo, señores.
Desenredé las piernas extendiéndolas para que se me quitara el entumecimiento mientras dejaba que mi cabeza botara sobre la fría madera del suelo, sintiéndome atrapada como un león en un zoológico,  observaba sin poder salir nunca de entre los barrotes de mi jodida existencia.
Estaba hecha polvo sin poder salir a ninguna parte luego del asesinato de mi madre, el único motivo para que puediera ver la luz del sol era la escuela, en donde de todas formas seguía medio prisionera dentro de mi propio pellejo. Oh sí. Tenia un papel que interpretar delante del mundo, el de la dolida hija de un hombre perfecto que ahora confía por completo en su padre. ¡Mentira!
Existían tantas formas de destruir esa visión que todos tenían de él y yo las había considerado todas, pero la última vez que había intentado desafiarlo, acabó en una tina del baño con la garganta degollada de lado a lado.
Mi madre.
Yo no iría por el mismo camino.
Entrecerré los ojos mientras miraba el brillo que salía de la bonita lámpara azul con forma de lirio, las luces se alargaron y encogieron una y otra vez mientras jugaba ese tonto juego que se había vuelto bastante frecuente en las últimas semanas, luego que los cimientos de mi pequeño mundo comenzaran a colapsar.De alguna forma, el fulgor blanco que iluminaba la habitación conseguía  enmudecer durante un rato a esa molesta voz de mi cabeza que gritaba toso el tiempo ¡Fuera! ¡Escapa! ¡Márchate por tu propio bien!...
¿Cómo de patético era entretenerse con las luces?
 A duras penas me puse de pie y anduve hasta la cama. El libro de filosofía estaba casi invisible por la pila de almohadas a su alrededor pero cuando vi la cubierta negra tuve que hacer un gran esfuerzo para contener las ganas de romperlo en miles de pedacitos minúsculos.
Soltando un bufido, agarré el periódico de hoy y me dispuse amatar el tiempo leyendo las noticias. Robos, robos, asesinatos, desapariciones, robos, robos… Era lo mismo de siempre. Fui hasta las últimas páginas que correspondían al ‘Mundo de negocios’ En la esquina de la página había una foto de mi padre y mi madre sonrientes y felices, yo a los pies con quince años en una reunión del Consejo administrativo de After-Dark Inc. posando para las cámaras como se esperaba de la hija del presidente de la compañía.
“Nuestro mas sentidos respetos a la familia Rosses en este aniversario de la muerte de la madre y esposa Emilie. Toda la comunidad de negocios les ofrece su pésame en este triste día. Esperamos que el autor de tal crimen sea apresado lo más pronto posible”
-      Yo también - murmuré
El corredor al que salí un par de horas más tarde estaba cubierto con una alfombra rojo sangre que recorría todo el espacio entre las escaleras de caracol y la puerta del cuarto de baño.Los candelabros colgados del alto techo de ampolletas con forma de velas-chorreantes-antiguas alumbraban todo dando un brillo casi irreal a los muros pintados de amarillo claro. Los cuadrosde todos los miembros de la familia Rosses desde mi tátara, tátara, tátara abuelodecoraban ambas paredes, igual como se veía en los castillos reales ingleses, solo que esta casa era una versión un poco más moderna que un castillo, por lo menos por fuera.
Mientras caminaba, pronuncié “Anabela” lo suficientemente alto y claro para que el reconocimiento de voz del móvil diera con el nombre de mi mejor amiga e iniciara la llamada. Al segundo tono la música Emo y el eco de voces y pasos se oyó a través del parlante en altavoz.
-          No Anabela, ¡no iras a ninguna parte! ¡Te quiero encerrada en tu habitación estudiando! Ya te has metido en suficientes problemas con el señor Roses y no quiero tener que encadenarte a la pared ¿vale? No me obligues –
Oh mierda. Mal momento para llamar. El sonido de algo rompiéndose me hizo dar un salto.
-          ¡No soy un perro! – gritó Ana chillando como pocas veces la había oído -¡No puedes encadenarme como si lo fuera solo porque te lo dice ese asesino!–
-          ¡Cállate Ana!, el señor Rosses es un caballero y se merece nuestro respeto. Él es… -
-          ¡Es un asesino!-
Se escuchó una cachetada demasiado fuerte y tuve que morderme la lengua para contener los insultos que querían salir de mi boca. Hubieron pasos alejándose y luego un gran y jodido portazo que me hizo temblar.
En ese momento entré al baño, cerré bien con llave y me deje caer en el borde de la tina esperando a que Anabela pudiera contestarme. Si es que estaba de ánimos para hacerlo. Esa era la razón por la que no me había de vuelto la llamada, estaba peleando con su madre. Otra vez.
-          Mataré a tu padre… - gruñó con una voz mortal luego de eternos segundos que rellenó “Bring me tolife” a todo volumen
Sonaba realmente cabreada y un poco triste, más de lo que había demostrado con su madre, pero aun así sentí una especia de alivio al oírla, no llorando como había temido. Había que reconocer que era una tía dura producto de un padre alcohólico que la había abandonado y porque era la única chica en el mundo que no podía denunciar maltrato infantil por qué saldría perjudicada.
-          Ni lo intentes, él te mataría primero. Ya sabes todo el rollo de asesino que tiene, así que no hagas nada estúpido. No quiero perder a la que me roba el dinero del almuerzo -
Ana rió un poco. Su humor volviendo a lo normal.
-          Vale. ¿Qué harías con todo tu dinero, cierto? Seria todo un reto para ti – Ella chasqueó la lengua – Bueno. Déjate de mierda y vamos al grano ¿ok? –
-          No te diré nada, creo que ya estás bien liada por mi culpa. No quiero que vuelva a encadenarte. Podría hacer algo realmente suicida para salvarte esta vez –
-          ¿Cómo qué?, ¿decirle a tu papá? ¡Nooooomeeejooodas! Diez minutos, Alexis y estaré en tu ventana. Hoy sales de esa puta prisión –
La llamada se cortó antes de que pudiera decir algo más para protestar. Guardé el teléfono cuidadosamente en el bolsillo trasero de los vaqueros para luego ir y mirarme  en el espejo sobre el lavabo. Estaba blanca, como a nieve… o los cadáveres. Aparté el último pensamiento y me centré en los círculos purpura  bajo mis ojos, ¿Dónde está la chica de la foto de periódico?, Arreglé mi cabello largo y ondulado para deshacer la indomable maraña castaña, bebí agua para refrescarme la maldita garganta que parecía un infierno y en un tonto impulso infantil le saqué la lengua a mi reflejo y solté una risotada.
Abrí la puerta solo lo suficiente como para asomar la cabeza a través del hueco y espiar por el pasillo.
No había moros en la costa.                                                                                     
Me moví por el pasillo como una copia de 007, sentía como si tuviera un paquete ultra secreto luego de hablar con An, ¡Hola! Cuantas veces soñé con escaparme de casa peor no  me dio el valor para hacerlo. Ahora parece que no tenia otra opción pero si papá se enteraba sería una verdadera mierda. Tal vez sería mejor si le decía a Anabela que no era una buena idea… Ok, eso haría. Le diría que no al escape.
Cuando entré de vuelta a la habitación “sin novedades” puse la puerta silenciosamente en su sitio suspirando de alivio cuando apoyé la frente en la  madera helada.
-          ¿De qué te libraste, Alexis? Pareces muy relajada ahora que llegaste a tu madriguera–
Oh, maldita sea. Esa voz
Me obligue a tragar el grito que se atascó en mi garganta cuando supe que no era mí día. Un escalofrío recorrió mi columna dejando una molesta sensación de cabellos erizados en la nuca. Lentamente me di la vuelta colocando la espalda contra la puerta protegiendo la retaguardia, mientras mi corazón golpeteaba cada vez más rápido las costillas como si quisiera ganar una especie de carrera.
Al demonio, si me daba un paro cardiaco sería un alivio.
-          Hola papá – murmuré mirando directamente a los ojos Café-rojizos que me observaban divertidos.
Maldito idiota. Las comisuras de los labios del alto hombre parado frente  a mi subían formando una sonrisa que mostraba todos los perfectos dientes puntiagudos. Él se relajó visiblemente al interior de su Armani cruzando los brazos frente a su pecho.
-          No me extrañaste. – dijo pero no parecía una pregunta así que no respondí - Hace días que no nos vemos ¿No te parece algo raro? Porque ambos vivimos en la misma casa – elevó una ceja rubia, algo que podría parecer inofensivo cualquier padre, menos en él– No me estarás evitando, supongo, pequeña Alexis, porque sinceramente no encuentro otra explicación para que faltes a la cena y desayunes camino a la escuela –
Él me miró un momento más estudiándome con sus grandes ojos. Yo hice mi mejor interpretación de cara-de-póker sosteniéndole la mirada lo mejor que podía. 
Cabello rubio. Perfecto equilibrio estatura/musculo y ese aire ingles que lo hacía ver tan refinado. Parecía de esos padres exitosos, comprensivos y perfectos que se ven en la televisión, sin embargo, no era nada de las últimas dos cosas.  Y sip lo había estado evitando desde hace un par de semanas porque, es genial que se me de bien fingir las sonrisas, pero no era algo que me gustara hacer habitualmente, por eso faltaba a las cenas para no tener dolor de mejillas después.
Ojalá que no pueda leerme la mente.
-          Mi habitación – dije entre dientes sin romper contacto visual –  Violaste el trato papá. Prometiste no entrar jamás en mi cuarto sin mi permiso o por último sin avisarme antes –
Erguí la cabeza y enderecé los hombros. Quería dar esa apariencia de autoridad que tenía papá.
No pareció dar resultado.
-          Eso fue antes de que decidieras no aparecer por la casa – contestó
Una pequeña chispa de “el monstruo” brilló en los ojos de Demian cuando caminó hasta sentarse en la cama palmeando el espacio junto a él para que le acompañara. A pesar de mi miedo, negué con la cabeza apartándome de la puerta y haciendo señas hacia ella.
El me preguntaría sobre Anabela, yo le mentiría el la castigaría.
-          Tú te vas y yo ceno contigo el resto de la semana -
Descortés tal vez, pero era lo único que podía pensar para salvar a mi mejor amiga. Los ojos de mi padre chisporrotearon más rojos de lo normal y la fuerza que salió de él hizo que la temperatura dentro de la habitación bajara unos cuantos grados.
Tragué grueso, pero no dejé que el miedo se notara, no podía ¿vale? No quería sentirme más débil de lo que ya me sentía, deseaba con toda mi alma tener más fuerza como para enfrentar a ese  pálido tipo medio italiano-medio ingles que parecía un gigante cada vez que lo tenía en frente
Me obligué a permanecer tranquila, fría e imperturbable hasta que el alto hombre se puso de pie atravesándome con sus ojos de hielo.
-           Te quiero en la cena, mañana, sin retrasos -  soltó y se fue tan rápida y furtivamente como había entrado, pasando junto a mí con toda esa aura de hielo rodeándole y cerrando la puerta tras él, con un portazo.
Solté una maldición.
Todavía temblando ligeramente,  eché al seguro a la puerta, saqué mi bolso escondido bajo la cama. Lo que sea que había estado pensando con respecto a quedarme en casa se había ido al infierno. Caminé derecho a la ventana abierta, abajo, media escondida por los arbustos de laurel estaba Anabela mirando fijamente hacia arriba.
Al parecer había oído todo.
-          ¿Qué hay? – dijo no demasiado fuerte.
Me encogí de hombros.
-          Solo un mal día parece –
Ella sonrió, llevaba un canguro negro y mucho delineador enmarcando sus ojos pardos. Me hizo señas con un dedo y comenzó a caminar hacia la valla metálica a unos metros de distancia.
Torcí la boca en una mueca subiéndome al alfeizar de la ventana del segundo piso aspirando el olor a rosas que lo llenaba todo.
Escapar… violar las reglas que me habían mantenido viva. Mi corazón saltó solo al pensarlo.
La noche era brillante, llena de estrellas colgando de lienzo negro. La luna vigilaba desde el cielo. Tuve un flash de mi  madre creando una canción frente a la ventana abierta un día en que yo pasaba por allí para decirle buenas noches.Ella nunca publicó su composición, Emilie había muerto antes de terminar de escribirla.
El tiempo era escaso ¿no?
Eché un último vistazo a la habitación/celda, antes de Saltar.
¡Llegaba el momento de aprovechar la vida!

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A.D.